Todos los días nos vemos al espejo; revisamos si tenemos ojeras, vellos o si algo cambió en nuestro rostro. Estamos atentos a cualquier alteración visible, pero, pocas veces nos preguntamos si, más allá del reflejo, seguimos siendo la misma persona que éramos en la mañana, hace un mes o un año.
Al crecer, vamos adoptando más responsabilidades, proyectos y metas. Ese ritmo se intensifica al entrar a la universidad: pasamos de un entorno seguro y predecible (el colegio, los amigos, la rutina) a un espacio donde todo es nuevo, exigente y competitivo. Y en ese cambio, casi sin notarlo, dejamos de mirarnos hacia dentro para concentrarnos solo en avanzar.
Es en este escenario de crecimiento donde volcamos toda nuestra energía, mente y corazón. Ese esfuerzo refleja hambre, determinación, la ambición legítima de construir un futuro. Pero al concentrarnos tanto en escalar la montaña de nuestras aspiraciones, la montaña termina absorbiéndonos. Cada paso se vuelve una obligación, cada logro una métrica, y cuando intentamos reconocernos, todo lo que vemos es la pendiente que aún falta por subir.
Entonces surge una pregunta: cuando alguien dice algo sobre nosotros (una virtud, un cambio, una nueva actitud), ¿realmente lo reconocemos? ¿O nos damos cuenta de que nunca lo habíamos notado? Es como si los demás estuvieran más atentos a nuestra evolución que nosotros mismos. Y ahí radica el verdadero valor de estar presente: no en detener el progreso, sino en acompañarlo con conciencia.
A veces esa desconexión se nota en los pequeños momentos: escuchamos canciones que antes nos conmovían y ya no nos mueven igual, o nos encontramos con amistades pasadas que nos dicen que hemos cambiado, y no sabemos si lo dicen con admiración o nostalgia. En ese instante entendemos que no nos parecemos en nada a quienes solíamos ser. Y la pregunta inevitable aparece: ¿quién es el “yo” que dejamos atrás? (Porque para saber quiénes somos hoy, primero hay que atrevernos a mirar quiénes fuimos).
Llegar a ese punto requiere una pausa, pero no cualquier pausa. Una que nos obligue a preguntarnos: ¿quién quiso llegar hasta aquí? Si la pausa es breve, daremos una respuesta superficial y seguiremos avanzando sin comprendernos. Pero, si la pausa dura lo suficiente, si nos damos el tiempo de responder genuinamente, podremos seguir avanzando sin miedo a perdernos, porque sabremos con claridad por qué damos cada paso.
Estar presente no significa frenar ni renunciar a nuestros sueños futuros. Reconocer las versiones que dejamos atrás nos permite avanzar sin perdernos en ellas, y, con cada paso consciente, acercarnos un poco más a la persona que deseamos ser